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Muere Luis de Sebastián: adiós compa

CO.LATINO

Jueves, 28 de Mayo de 2009.

Carlos Ernesto García*

Cuando se cumplen 20 años del asesinato de los jesuitas, las páginas de los periódicos nos sorprenden hace sólo unas horas, con la noticia de la muerte en Barcelona de Luis de Sebastián, quien sufrió un infarto.

En el silencio de la madrugada, recuerdo que una noche de frío invierno, abrí la puerta y tras ella, apareció un hombre de mediana edad, alto, delgado, de bigote y vistiendo una gabardina blanca, que de pronto me pareció un personaje sacado de las novelas de Grahan Greene y quien, extendiendo sus brazos me tomó por el hombro diciendo “Hola compa, me llamo Luis de Sebastián”, al tiempo que sonriendo preguntaba por el resto de convocados, refiriéndose a los otros que antes que él, habían llegado a ese pequeño departamento de la Calle Ercilla, un lugar entre la Glorieta de Embajadores y la estación de Atocha, en Madrid.

Pronto se sumaron al encuentro del ex vicerrector de la Universidad Centroamericana, Marianella García Villas, el padre José Rutilio Sánchez, Jorge Arias Gómez, que había llegado de Praga, la poetisa Claribel Alegría y su hija Maya, así como el poeta Roberto Armijo, quien con su pipa y de barba negra, salió de una habitación en la que se encontraba descansando tras el largo viaje en tren desde París, donde se encontraba exiliado desde hacía ya muchos años.

Corría el mes de diciembre de 1980, aquel año había sido uno de los más sangrientos en El Salvador y lo que nos reunía a todos en esos días, eran los preparativos para lo que ya sabíamos que vendría: La ofensiva final, que el Frente Farabundo Martí lanzaría a principios de enero del próximo año.

Junto a otros compañeros, me habían asignado pequeñas tareas, como por ejemplo llevar durante el día algunos sobres a distintas instituciones de la ciudad o estar atentos del teléfono en una habitación cercana al lugar donde el grueso de compañeros se encontraban conspirando, mientras que entre discusiones, risas y alguna que otra anécdota, corrían las horas y pasaban los días.

Una tarde, se decidió que saldríamos a dar un paseo y a pesar del viento que hacía aquella noche, nos fuimos a la Plaza Mayor donde buscamos unas mesas y pedimos cervezas, que el camarero acompañó de pequeños trocitos de tortilla de patatas. Roberto Armijo habló de Roque Dalton, de sus hijos que estaban en la montaña; Arias Gómez, nos ilustró sobre las distintas calidades de la cebada con que se fabricaba la cerveza, sin perder la oportunidad para hablarnos de su experiencia en la entonces Checoslovaquia y de las virtudes del socialismo; Marianella, junto a Luis de Sebastián, eran los que menos hablaban y los de gesto más severo en su mirada, quizá más reflexivos en aquellos momentos. Rutilio Sánchez que entonces era el responsable en Europa de la Dirección Revolucionaria Unificada, daba misa en una pequeña iglesia de la ciudad y Claribel Alegría había decidido quedarse a descansar junto a su hija en el departamento. Aquella misma madrugada, acompañé al aeropuerto al compañero Jorge Arias Gómez, quien regresaba a Praga. El resto fueron marchando de manera escalonada, hasta que sólo quedamos unos pocos compañeros, la mayoría de ellos miembros de las FPL.

Más tarde, ya en Barcelona, cuando me había incorporado a la Coordinación Europea del Sistema Radio Venceremos, me reencontré con Luis de Sebastián, quien por aquel  entonces pertenecía a la llamada comisión político-diplomática del Frente Democrático Revolucionario, lo que le llevaba a viajar constantemente por distintos países europeos, donde realizaba gestiones ante las distintas cancillerías, especialmente las de Inglaterra, Alemania e Italia.

Su nombre, pronto se convirtió en un referente y ya no era extraño verle en distintas actividades de solidaridad dando conferencias sobre el proceso revolucionario salvadoreño que tan bien conocía, levantando la bandera del diálogo y en busca de una paz para nuestro pueblo.

Pasados los años, poco antes de la firma en 1992 de los Acuerdos de Paz, le visité en su despacho en la prestigiosa escuela de economía Esade, donde él daba clases de economía, lo buscaba para pedirle que fuera junto a otros intelectuales miembro de la revista Xibalbá de Cultura, una publicación de ámbito latinoamericano que estaba a punto de sacar. 

Su respuesta fue proponerme algunos artículos para la revista, idea que más tarde hizo extensiva al padre Ignacio Ellacuría, quien un buen día me hizo llegar el documento que le solicité para nuestra publicación, un articulo en el que trataba sobre la relación iglesia-lucha armada. Más tarde, gracias a Luis de Sebastián, nos vimos por última vez con Ellacuría, después de que éste recibiera de manos del alcalde de Barcelona, a finales de 1989, el premio de la Fundación Comín.

Luego el padre Ignacio, tomaría la fatídica decisión de marchar, adelantando su viaje a El Salvador, donde tenía la intensión de mediar entre el gobierno de Alfredo Cristiani y la dirección del FMLN, en el marco de la ofensiva Hasta el tope, lanzada hacía pocos días por la guerrilla salvadoreña.

No tendría ninguna oportunidad y por el contrario, encontraría al poco de llegar, la muerte junto al resto de sus hermanos jesuitas. Luego de aquellos acontecimientos y de la falta de justicia en torno a los asesinos, Luis de Sebastián se convirtió en una persona más distante, sin dejar por ello de escribir  y por lo mismo, de reflexionar sobre el mundo de la pobreza, que se convirtió en el gran tema de sus libros.

Una de las últimas veces que quedamos, me contó de cómo formaron el FDR en San Salvador y de cuando los oligarcas salvadoreños en sus delirios anticomunistas le acusaban de andar midiendo sus tierras, para según ellos, luego expropiarlas y me habló también, de la mujer que un buen día juró en el mismo altar donde Luis había casado a sus hijos, que ella no descansaría hasta verle muerto.

Pero quizá la más graciosa que me contó aquel día, fue de cuando se encontraban en un restaurante y se produjo una balacera enfrente de ellos, mientras su compañero de mesa ahora en el suelo le decía, señalando a un herido en la calle, que su obligación como sacerdote jesuita era salir y darle a aquél pobre hombre moribundo la extremaunción. En noviembre de 2006 nos acompañó en la provincia de Barcelona en unas jornadas sobre El Salvador donde él dio una conferencia magistral y lúcida.

Al despedirnos, con su abrazo fraternal dijo “adiós compa” a lo que desde estas páginas le digo “adiós compa” y de pronto, aparece la imagen de aquella gastada fotografía tomada en el momento de llegar, al entonces aeropuerto Internacional de Ilopango, en la que recién ordenados sacerdotes y vistiendo sotanas negras a Luis de Sebastián e Ignacio Ellacuría, junto a otros hermanos jesuitas, se les ve al lado de la escalinata de un avión, ilusionados y sonriendo.

*Carlos Ernesto García, poeta, escritor y corresponsal de prensa salvadoreño.

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