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Reacciones ante muerte de Poveda

FUENTE: EL FARO

La muerte de Poveda impactó a quienes lo conocieron o a quienes conocieron su obra, pues reconocen en él a un maestro. 


Francisco Campos, fotoperiodista:
“Yo lo caracterizaría como un maestro. Lo que te podría decir es que era como un ejemplo para los salvadoreños. Es que era una persona muy interesada en el fotoperiodismo y creía que más que todo los jóvenes salvadoreños entendieran como él entendía el fotoperiodismo: una profesión bien importante. Entonces de cierta forma lo logró, y una prueba de ello son las exposiciones de ESPhoto, que él impulsó desde la segundo exposición. Él urgía a los jóvenes a que entregaran buen material. Exigía demasiada calidad para algunos que no lo comprendían y hasta se ganó enemistades por eso. Es una gran pérdida.”


Lissette Lemus, fotoperiodista salvadoreña ganadora del World Press Photo
“Christian fue un fotógrafo que vino a unir el gremio de fotoperiodistas en El Salvador. Fue iniciativa de él montar exposiciones colectivas, actividades que no surgían porque nadie había tenido esa visión antes. Él fue el impulsor de ese tipo de actividades. En lo personal, me dio muchos consejos, tenía opiniones muy profesionales y se convirtió en guía de muchos fotógrafos de este país.”


Héctor Silva, gerente de Redacción La Prensa Gráfica:
“Christian fue una de las personas que mejor trató el tema de las pandillas. Lo hizo desde dentro, desde donde no hablan las autoridades. Él hizo de este tema su razón de ser periodística. Con su muerte perdemos a un formador y eso es grave.... porque significa que El Salvador tiene un cáncer, un cáncer que lo viven a diaro en colonias y barrios y lo saben nada más las personas que viven ahí. Él se convirtió en cronista de eso que pasa y que ilustra las muchas muertes diarias que se reportan en el país. Su muerte debe ser tomada como un grito de que esto es real, no es paja.”


Omar Carbonero, fotoperiodista:
“Christian vino a mover el ambiente de la fotografía en el país. Su trabajo sobre la guerra, el intento de reconstruir la vida de protagonistas de la misma y sobre las maras mostró a los fotógrafos del país una forma diferente de hacer nuestro oficio. Definitivamente, él movió e impulsó el trabajo de los fotoperiodistas nacionales.”


Rafael Domínguez, presidente de la Asociación de Periodistas de El Salvador:
“Condenamos el asesinato de Christian y repudiamos todo acto de violencia contra alguien que tuvo el valor de investigar y denunciar el tema de las maras, poniéndolo en la mira de todo el mundo. Nos entristece mucho y este hecho nos llama a exigir una investigación profunda y rápida. Creemos que este asesinato debe de ser una reflexión más para ponerle fin a la violencia de El Salvador.”


Milton Flores, fotoperiodista:
“Aquel se convirtió en un personaje importante del fotoperiodismo salvadoreño en su papel como curador del ESPhoto. Con su estilo, fue un personaje que hizo un trabajo diferente a como estábamos acostumbrados. Se metió de lleno al tema de las maras con el documental de La vida Loca, demostrando que se podría tratar de una manera diferente un tema social. Por eso su trabajo y su criterio era respetado.”


Luis Romero, fotoperiodista de agencia AP:
“Vino a El Salvador en los años 80 e hizo un gran trabajo en los años de la guerra. En los últimos años se preocupó por impulsar el periodismo nacional, promovió este oficio e impulsó el profesionalismo de todo el gremio. Es una gran pérdida para el fotoperiodismo nacional e internacional y nos demuestra que nadie está exento de ser víctima de la vorágine de violencia que vive este país.”

 

 

 

 

Asesinan a fotoperiodista español Cristian Poveda

Miércoles, 02 de Septiembre de 2009 / 21:39 h. 

Diario CoLatino, Redacción Patricia Meza, Daniel Trujillo.

El fotoperiodista Edgard Romero identificó a las  8 de la noche de este miércoles,  en Medicina Legal de San Salvador,  el cadáver de Cristian Poveda, quien fue asesinado en el cantón El Rosario, del municipio de Tonacatepeque.

Poveda de origen Francos-español, nacido en Argelia, era un fotoperiodista que también se dedicaba al cine y que este año presentó el documental "La Vida Loca", película basada en la vida y muerte de los integrantes de la pandilla M18, que tienen presencia en la Campanera, Soyapango.

Las autoridades Fiscales y policiales aún no determinan  las causas del asesinato de Poveda,  que recibió cuatro impactos de bala en el rostro.

Este crimen sucedió a eso de las dos de la tarde, cuando el cineasta se dirigía en su camioneta gris Pathfinder a la altura del puente Las Cañas que conecta Soyapango con Tonacatepeque.

Según versión del inspector en jefe de la División Antihomicidos de la PNC de Tonacatepeque, Marco Tulio Lima, un auto seguía a Poveda hasta que ambos automotores detuvieron su marcha y hubo un intercambio de palabras entre los asesinos y la víctima.

"El cádaver quedó tres metros al costado norte de la camioneta, boca arriba, los disparos los recibió de frente, en sus manos tiene el control del carro", afirmó Lima.

En la zona hay presencia de las  pandillas MS y M18, ubicadas al sur del lugar del homicidio, en las colonias de la Campanera y San Antonio.

El calibre del arma con la que asesinaron al fotoperiodista no fue dado a conocer, el inspector Lima dijo que en el lugar se encontró un proyectil destrozado de calibre 9 milimetros.

Lima dijo que la identificación del cineasta Cristiano Gregorio Poveda Ruiz, conocido como Cristian Poveda, fue posible por un documento de protección consular de la embajada de Francia encontrado en el vehículo.

Manuel Melgar, Ministro de Seguridad,  se mostró consternado por el hecho y aseguró que por intrucciones precisas  del Presidente de la República Mauricio Funes se  investigará  el asesinato de Poveda hasta dar con los hechores.

"Nos comprometemos con empeño y energía a esclarecer este hecho, el Director de la PNC y el Fiscal en funciones ya mantienen comunicación para esclarecer el asesinato".

Melgar catalogó como "un amigo"  a Poveda, con quien tuvo la oportunidad de compartir el documental y algunas recomendaciones del cineasta en cuanto al tema de las pandillas, un fenómeno que Poveda quería explicar y humanizar.

"El vivió la profesión, el promovió los valores, el promovió la Paz y promovió la seguridad", dijo Melgar, quien tambien mostró sus condolencias a la familia.

Melgar señaló que la Cancillería o la presidencia de la República son las que tienen que informar a las autoridades españolas acreditadas en el país sobre el asesinato de Poveda.
Mañana se realizará  una reinspección en la zona para obtener más pistas en el asesinato del fotoperiodista Poveda.

¿Dónde está Sofía García Cruz?

¿Dónde está Sofía García Cruz?

La antigua Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia de El Salvador dio a conocer una noticia inédita en su último día de labores el 26 de junio de 2009: se trata de dos órdenes expresas a la Fiscalía General de la República para investigar la desaparición de una niña de 10 años durante el conflicto armado de los años ochenta y dar con su paradero, e investigar y encontrar a los responsables de que ella, Sofía García Cruz, fuese separada de su familia por la fuerza en un operativo del Ejército en San Vicente, el 4 de junio de 1981. Por primera vez, el Estado salvadoreño responde por desapariciones forzadas de menores de edad ocurridas durante la guerra. Esta es la historia.

Escrito por Una crónica de Fernando Romero Fotografías de Ana María González y Giovanni Cuadra.  LA PRENSA GRAFICA. 
Domingo, 30 agosto 2009 00:00

El camino que conduce a la hacienda Peñas es pedregoso y cuesta arriba. El vehículo expedicionario ha atravesado senderos rocosos y angostos en las faldas del nororiente del volcán Chichontepec, en el departamento de San Vicente. Hace más de una hora, quedó atrás la calzada. Allí quedaron las haciendas La Suiza, La Iberia y Siete Joyas. Y al fin, la primera etapa del viaje concluye frente a un portal de madera cerrado con candado que nos obliga a caminar. La vista calcula 300 metros de subida. Para Arnoldo García Cruz, de 40 años, falta poco para encontrarse con su pasado. Un viaje 28 años atrás, cuando era un niño de 12, cuando aún jugaba con sus hermanas Sofía, de 10, y Vilma, de seis, y los cuidaba Mariana, su joven madre. Cuando todavía ellas tres no habían desaparecido.

Arnoldo camina cojo. Una lesión en la pierna derecha por la explosión de un mortero durante los inicios de la guerra, en 1982, lo dejó así para siempre. El accidente sucedió un año después de la llamada masacre de la hacienda Peñas, que fue documentada en periódicos y noticieros de la época, aunque no como una masacre, sino como el más grande operativo militar conjunto montado hasta entonces por el Ejército en su lucha contra la guerrilla del FMLN. Hoy, poco le importa a Arnoldo su impedimento físico, y sigue caminando sin cesar hacia donde sucedió todo. Allí donde vio por última vez a sus dos hermanas y a su madre.

Los recuerdos de Arnoldo son lúcidos.

Llovía. Ese día, 4 de junio de 1981, a las 6 de la mañana, pobladores civiles de varios asentamientos que se ubicaban en las faldas del volcán Chichontepec de San Vicente recogieron cuanto pudieron de sus pertenencias y dieron inicio a una larga caminata cerro arriba. No se trataba de un multitudinario paseo. La razón de la emigración de más de mil personas, todas campesinas, entre las que se contaban mujeres, ancianos y niños, fue porque unidades guerrilleras les habían informado que la Fuerza Armada de El Salvador acababa de lanzar un operativo militar llamado de “rastreo” y “limpieza”.

La familia de Arnoldo, que estaba integrada por su padre, Manuel de Jesús Cruz; su madre, Mariana García; y sus hermanas, Hilda –la mayor de todos–, Sofía y Vilma, se habían asentado meses antes en Siete Joyas, luego de huir de operativos militares en el cantón El Zacatillo de San Juan Nonualco, en el departamento de La Paz, de donde eran originarios. Esta sería la segunda vez que se tendrían que trasladar hacia otro lugar para protegerse de la naciente guerra.

La caminata fue larga. Cerca de las 3 de la tarde, bajo la lluvia, llegaron a la hacienda Peñas, que estaba abandonada. Aunque la infraestructura se encontraba intacta. Allí había varias galeras que servirían de refugio, al menos por una noche, para luego seguir con el camino volcán arriba. En el grupo de civiles también iban guerrilleros, quienes, según las documentaciones recogidas después de los Acuerdos de Paz y testimonios de testigos, daban protección a la gente ante una eventual emboscada del Ejército.

La gente descansó un momento, y luego se dividió en grupos de alrededor de 300 personas para entrar a las galeras y pasar la noche. El cielo seguía nublado, y todos estaban empapados y muchos tenían frío. Manuel de Jesús e Hilda se quedaron juntos. Arnoldo integró, solo, otro grupo. Y Mariana, Sofía y Vilma se dirigieron a una galera más segura. Allí, en esa hacienda, la familia García Cruz estuvo unida por última vez.

Arnoldo recuerda que una ráfaga rompió el silencio. Los guerrilleros detectaron una emboscada que los soldados preparaban en una loma paralela a la hacienda y abrieron fuego. Mucha gente que ya estaba dentro de los cuartos quiso salir. Otros que permanecían fuera empezaron la huida, como Manuel de Jesús e Hilda. Pero muchos como Arnoldo se quedaron boca abajo dentro de las galeras.

Cuando terminó la balacera, el Ejército había eliminado a los guerrilleros que acompañaban a los civiles. Llegaron a los cuartos, entraron y dispararon sus armas contra quienes estaban refugiados. Luego, se les ordenó a los sobrevivientes pararse y fueron obligados a salir, y fueron reunidos afuera de las galeras. Agruparon a varios hombres y los ejecutaron con ametralladoras frente a la gente. En el camino principal de la hacienda yacían muertos. Arnoldo estaba allí. Con apenas 12 años, lo vio todo, y lo recuerda en esta hacienda 28 años después.

—Fue traumático para mí ver tanta gente muerta. Pero mi angustia mayor era por mis papás y mis hermanas, porque no los veía por ningún lado. Recuerdo que lloraba porque no los veía con los sobrevivientes. Me sentí solo. Yo solo volvía a ver al cuarto donde se había metido mi mamá con la Sofía y la Vilma. Pero nada. Y entonces yo ya pensé lo peor.

A los sobrevivientes los situaron en una de las galeras. Allí pasaron la noche. Arnoldo no durmió pensando en su familia y en la soledad en la que se encontraba, como lo describe hoy. El día siguiente, perdió el temor y le suplicó a un soldado que lo dejara verificar si alguien de su familia estaba aún con vida.

—Me dijo que me iba a llevar a donde estaban apilando a los muertos. Él iba detrás de mí. Había muchas mujeres, algunos niños, y la mayoría eran hombres adultos. Busqué a mi familia por todos lados, me preocupaba mucho mi mamá. Mis hermanas. No encontré a nadie. “Vos no te aflijás –me dijo el soldado–, lo más seguro es que se las llevaron. Si no están aquí es porque se las llevaron. Después las vas a encontrar”.

Arnoldo y el grupo de sobrevivientes, menores de edad casi todos, fueron puestos en fila y se les ordenó que caminaran volcán abajo, sin desviarse, hasta la hacienda Paz Opico, donde se encontraba un puesto militar. De allí fueron trasladados a San Vicente, donde esperarían a las Damas Voluntarias de la Cruz Roja, que habían instalado cinco campamentos en todo el departamento para unos 4,000 refugiados, entre los que había un gran número de niñas y niños.

Lo sucedido en la hacienda Peñas está documentado hoy en los informes de investigaciones sobre desapariciones forzadas durante el conflicto armado de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH), publicados en 1998 y 2004, y que han servido como referencia para la reciente resolución de la Sala de lo Constitucional.

Los encabezados de las noticias de entonces daban cuenta de lo que sucedía en las faldas del volcán de San Vicente. La Quinta Brigada de Infantería, de ese departamento, dirigía un operativo de rastreo y limpieza, en el que se enfrentaba con extremistas que habían establecido campamentos en el Chichontepec. Las acciones militares eran acompañadas por los cuerpos de seguridad, conformados por la Policía de Hacienda. Cerca de 3,000 efectivos de la Fuerza Armada participaron del operativo, por lo que en los periódicos se publicó que otros batallones y brigadas también brindaban apoyo, aunque el Ejército se abstuvo durante esos días de dar una información más detallada.

Los lugares de rastreo y limpieza del Ejército comprendieron San Juan Nonualco, San Pedro Nonualco, Santa María Ostuma, Zacatecoluca, San Cayetano Istepeque, Verapaz, Nuevo Tepetitán, San Vicente, Tecoluca, y los cantones y las haciendas Los Laureles, La Cayetana, Paz Opico, León de Piedra, La India, Siete Joyas –donde se habían asentado los García Cruz–, 4 de Mayo, La Iberia, Puente Negro, San Bernardino y Colima.

San Vicente fue declarado Zona Crítica por el Ejército. Eso significaba que las salidas del departamento estaban bloqueadas por retenes militares y que ninguna persona podía entrar ni salir sin pasar por una estricta revisión de los soldados. Las noticias nunca hablaron de víctimas civiles, ni de separaciones forzadas de familias campesinas. Algunas agencias internacionales de prensa filtraron información sobre ejecuciones de la población civil, pero el Ejército lo negó.

De esa manera, después de 12 días, concluyó el operativo en San Vicente. Los datos del centro de prensa militar fueron puntuales: “Doce campamentos guerrilleros desmantelados, donde se decomisaron pertrechos de guerra, clínicas bien equipadas, áreas de entrenamiento, equipo de comunicaciones, equipo de oficina, máquinas de escribir, mimeógrafos manuales y una regular cantidad de armas y municiones”.

Los años anteriores a que Mariana, Sofía y Vilma fueran desaparecidas ya se pintaban grises para la familia García Cruz. En 1975, su padre integró un movimiento campesino que reclamaba mejores condiciones laborales en los campos de algodón en La Paz. Las manifestaciones eran atenuadas por la Policía de Hacienda. Más tarde, miembros del movimiento empezaron a ser registrados en listas por las autoridades. Manuel de Jesús Cruz fue uno de los anotados.

Las autoridades hacían operativos para capturar a los miembros y dirigentes de los movimientos campesinos. Manuel de Jesús logró escapar dos veces de la Policía de Hacienda. La situación conflictiva de finales de los años setenta llevó a los García Cruz a separarse. En 1980, el padre marchó a San Vicente, a protegerse en campamentos de refugiados por la llamada “persecución” de los cuerpos de seguridad, y Mariana y sus cuatro hijos se fueron a Zaragoza, en La Libertad, y allí se resguardaron con unos familiares.

La ofensiva final del 10 de enero de 1981 fue el inicio de la guerra salvadoreña. En marzo de ese mismo año, el constante acercamiento de las autoridades en La Libertad hizo que Mariana y sus hijos buscaran otro lugar para protegerse y dejar de poner en riesgo a sus familiares. El hecho de que Manuel de Jesús estuviera identificado como miembro de un movimiento campesino lo relacionaba de algún modo con la guerrilla, y significaba un grave riesgo para su familia.

La mujer buscó a su esposo en Tecoluca, San Vicente, y lo encontró en la hacienda Siete Joyas. Allí, juntos, convivieron con otras familias campesinas que habían sido desplazadas de sus lugares de origen, de la misma forma que los García Cruz. Allí se asentaron al fin, en las faldas de un volcán en que también acampaba la guerrilla. Arnoldo estuvo con Hilda, Sofía y Vilma, con su madre y su padre, en esos pocos meses antes del operativo de la Fuerza Armada en junio.

Arnoldo, seis meses después de los acontecimientos de la hacienda Peñas, supo que su padre y su hermana Hilda habían sobrevivido al operativo. Se volvieron a encontrar en 1982, en San Vicente. En ese mismo año, meses después de haberse incorporado a la guerrilla en el área de logística, a su corta edad, en un enfrentamiento armado contra el Ejército, un mortero explotó muy cerca de Arnoldo y le produjo la lesión en la pierna derecha que al día de hoy lo hace cojear.

Años después de la lesión, como parte de un canje que hizo el Gobierno y la guerrilla de liberar a la hija del presidente José Napoleón Duarte a cambio de trasladar libremente a varios guerrilleros lisiados a Cuba, Arnoldo dejó El Salvador. Esta vez, ya no perdió la ubicación de su padre y su hermana mayor, con quienes se mantuvo en comunicación. Manuel de Jesús e Hilda pasaron la guerra buscando a Mariana, Sofía y Vilma. Incluso tras el regreso de Arnoldo al país en 1991, los tres juntos nunca lograron tener un indicio de ellas. Nada.

La Asociación Pro-Búsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos, que desde su fundación hace 15 años ha recogido 836 denuncias de desapariciones forzadas durante la guerra y ha logrado localizar a 391 personas, tiene registrado el caso de las hermanas García Cruz. El 31 de mayo de 1996, la asociación denunció ante la PDDH 141 casos de víctimas de desaparición forzada, e incluyó cuatro más, entre los que estaban Sofía y Vilma.

El caso no está descrito en el informe que la PDDH publicó el 30 de marzo de 1998 a raíz de las denuncias de Pro-Búsqueda. Pero en 2004, y con mucha más investigación como apoyo, una nueva resolución de la procuraduría consignó el caso: “Desaparecieron el 4 de junio de 1981 en la hacienda Peñas, del municipio de Tecoluca, departamento de San Vicente. (...), se encontraban varias personas refugiadas, y en dicha fecha hubo un operativo militar de la Fuerza Armada, quienes rodearon la hacienda, por lo que unas personas se escondieron en los alrededores y otras se introdujeron en una galera y otras salieron corriendo desesperadamente, ya que la Fuerza Armada procedió a capturar a varias mujeres con sus hijos y otras personas fueron asesinadas (...), los sobrevivientes comenzaron a identificar los cadáveres de las personas asesinadas, no encontrando en ningún lugar a las niñas Sofía y Vilma, ambas de apellido García Cruz”.

La información que la PDDH solicitó al Ministerio de la Defensa Nacional a inicios de 1998, para investigar los casos de desapariciones forzadas durante el operativo militar en las faldas del volcán de San Vicente en 1981, fue brindada en marzo de ese año por la cartera de Estado: “Las unidades militares que participaron del operativo fueron la Brigada de Artillería, el Destacamento Militar Número Dos, el Destacamento Militar Número Cinco, el Batallón de Infantería de Reacción Inmediata Atlacatl y la Policía de Hacienda. Los ejecutivos responsables de la operación militar fueron el mayor Roberto Lara Aguilar, el teniente Ángel Román Sermeño Nieto y el subteniente Ricardo Chávez Carreño. El comandante de la Quinta Brigada de Infantería a la fecha del operativo era el coronel Napoleón Alvarado”.

Sin embargo, el Ministerio de la Defensa Nacional y la Fiscalía General de la República nunca han abierto ninguna investigación sobre lo ocurrido el 4 de junio de 1981 y afirman hasta hoy desconocer absolutamente sobre asesinatos y desapariciones forzadas de personas no combatientes en la hacienda Peñas de San Vicente. Por ello la resolución de la Sala de lo Constitucional que reconoce la desaparición de Sofía por presunta responsabilidad de la Quinta Brigada de Infantería de la Fuerza Armada y ordena su investigación hasta dar con su paradero ha abierto una nueva página en la historia salvadoreña.

La familia García Cruz volvió a separarse en febrero de 2007, cuando Manuel de Jesús falleció por una úlcera cancerosa que cargaba de años. Los últimos días los pasó en casa de Arnoldo. Su padre no era de mucho visitar, pero quizás, dice su hijo con mucha tristeza, no quiso morir solo. No lo hizo.

El 24 de octubre de 2007, Arnoldo García Cruz recurrió a un hábeas corpus ante la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. En él, amparado bajo fuertes fundamentos jurídicos, con documentos como el certificado de partida de nacimiento de Sofía y apoyado por las resoluciones de 1998 y de 2004 de la PDDH, pidió a la sala que decretase una orden judicial para encontrar a su hermana desaparecida. La resolución a favor de Sofía tardó un poco más de año y medio.

Inédito. Insólito. Inesperado. Sorpresivo. Con adjetivos así calificó la prensa nacional e internacional la resolución de la antigua Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia salvadoreña, emitida el 26 de junio de 2009, el último día de labores antes de la nueva magistratura, sobre el caso de Sofía García Cruz. Esta resolución establece el reconocimiento de la existencia y desaparición de Sofía gracias a los indicios que fueron recolectados por el juez ejecutor de la sala, entre los que se cuentan las investigaciones y resoluciones de la PDDH, testimonios de sobrevivientes que aseguran haber visto después de la llamada masacre de la hacienda Peñas a las hermanas García Cruz, la certificación de partida de nacimiento de Sofía, la ausencia de un acta de defunción que determinara su fallecimiento, así como la confirmación de que en el mes de junio de 1981 la Fuerza Armada, en efecto, llevó a cabo un operativo en la zona donde se encontraban las hermanas, lo que crea un vínculo entre “su desaparición y la práctica de desapariciones forzadas llevada a cabo durante la época del finalizado conflicto armado”.

Néstor Castaneda, el único magistrado de la antigua Sala de lo Constitucional que sigue ocupando su cargo en la actualidad, recuerda que lo que obligó a fallar a favor del hábeas corpus de Arnoldo fueron los indicios probatorios de la existencia de Sofía.

—El fallo favorable se dio por los indicios que dio la PDDH en su investigación. Es necesario que existan estos indicios. Y en este caso de la niña Sofía, los hay. Valió la pena ordenar la investigación.

La sala determinó también que hay que atender “la imposibilidad material de hacer cesar en los hábeas corpus relacionados con desapariciones forzadas, la restricción ilegal o arbitraria al derecho de libertad personal del favorecido”. Con lo que se interpreta que este delito nunca prescribe hasta que se halla a la víctima, a pesar de haber una amnistía.

—Claro que se ha sentado jurisprudencia para próximos casos –dice Castaneda–, siempre y cuando estén documentados.

Con el de Sofía, fueron presentados en la misma fecha de 2007 otros 10 recursos más, entre ellos el de Vilma. La sala hasta hoy ha rechazado cinco peticiones, ha fallado a favor del hábeas corpus de Sofía, y cinco más se encuentran pendientes de resolución.

Ahora, la Fiscalía tiene la obligación de cumplir dos órdenes escritas en la resolución judicial de la Corte Suprema de Justicia: abrir una investigación para determinar el paradero de Sofía García Cruz y otra investigación para encontrar a los responsables de haberla privado de su libertad y aplicarles la justicia, lo que se convierte en el primer caso en la historia salvadoreña de desaparición forzada durante la guerra que no solo es reconocido, sino que será investigado por una autoridad del Estado, cuando la presunta responsabilidad es del Estado mismo.

Ástor Escalante, fiscal general en funciones, asegura que ya encomendó al fiscal de la Unidad de Derechos Humanos la apertura de las investigaciones. La institución tendrá que presentar un informe cada tres meses a la Sala de lo Constitucional que detalle los avances de la investigación, práctica que concluirá hasta que se determine la ubicación material de Sofía, que en la actualidad, de estar con vida, tendría 39 años de edad.

Arnoldo está satisfecho con la resolución. Por fin, el Estado lo ayudará a encontrar a sus hermanas, y si es posible, a su madre. Pero su angustia aún no encuentra verdadero alivio.

—Solo quisiera que me dijeran de una vez qué pasó con ellas. Creeme que sería felicidad que me dijeran que están vivas, que las encontraron. Y también fuera un desahogo que me dijeran que... pues... que allí fueron enterradas. Cualquier información la agradezco, porque no sabés cómo es vivir con ese vacío. No saber de tu familia. No saber si están vivas, si están muertas. Tengo recuerdos de ellas, de Sofía, de Vilma, que jugábamos... y de mi mamá... de mi mamá...

Manuel de Jesús murió sin reencontrarse con su esposa y sus hijas. El hombre no logró presenciar la resolución de la Corte Suprema de Justicia que ha ordenado la búsqueda de su hija Sofía. Hilda, mientras tanto, ha acompañado a Arnoldo desde entonces en el afán por localizar a sus hermanas y su madre. Hilda tiene en la actualidad un esposo e hijos y vive en los límites entre Chalatenango y Santa Ana. Arnoldo encontró una esposa justo finalizada la guerra y adoptó varios años después a una hija, que hoy cursa quinto grado. Vive en Tecoluca.

Luego de sobrevivir a una masacre, de una incorporación fallida a la guerrilla, de estar exiliado en Cuba, de casarse, de adoptar una hija, de dedicarse a la agricultura. Luego de 40 años de vida, Arnoldo siempre anda un hueco en el pecho que no lo va a llenar nada más que saber la verdad sobre sus familiares.

El segundo hijo de los García Cruz sigue paseándose por esta hacienda fatídica 28 años después. Atardece, y el cielo se empieza a nublar. Arnoldo trata de recordar cada momento de ese día. Lo comenta con nosotros. Se le humedecen los ojos mientras cuenta cómo sucedieron las cosas. Se sitúa donde lo retuvieron con otras personas ese jueves 4 de junio de 1981, y vuelve la mirada a la puerta de la galera donde estaban Mariana, Sofía y Vilma, justo como la miró en ese entonces, con la esperanza de ver que de allí salieran las tres con vida y se reunieran con él. Un largo silencio pasa antes de que vuelva a hablar.

—Al fin, justicia —susurra.

 

La nueva oposición

EDITORIAL.  EL FARO Publicada el 31 de agosto de 2009 - El Faro

ARENA atraviesa momentos difíciles. Con un conflicto interno abierto, arrastrado desde la nominación de su candidato presidencial, la nueva dirigencia arenera tiene la complicada misión de adaptarse a su nuevo rol como partido de oposición, en plena crisis económica y de seguridad pública.

En esta encrucijada, el presidente del COENA, Alfredo Cristiani, se debate entre la toma de posturas hacia los nuevos gobernantes y el control interno de su propio partido.

La semana pasada, Cristiani amenazó con hacer “arder Troya” si continúan los despidos en el sector público, un duro mensaje que no matizó con el debido contexto y que dejó más preguntas que seguridades sobre la nueva etapa en la vida arenera.

Al ex presidente de la República le faltó precisar a qué despidos se refiere: si a los que se llevan a cabo en el Ejecutivo, en el Legislativo o en los gobiernos municipales. Si se refería a los primeros, es loable, y digno de apoyo, la defensa contra el despido de trabajadores públicos de probada capacidad y honradez, y estar vigilantes para que los despidos no se lleven a cabo con el fin de sustituir al aparato burocrático, armado durante 20 años por los gobiernos de ARENA, por militantes de las fuerzas políticas del nuevo gobierno.

Pero aquí también, en aras de la transparencia y la honestidad, Cristiani debería aclarar que no se trata de una defensa a ultranza de todos aquellos empleados públicos cuya principal característica es ser militantes del partido, parientes, compadres o amigos de dirigentes areneros, y cuyo aporte al Estado es llegar una o dos veces al mes a las instituciones de gobierno en las que están emplanillados a cobrar un jugoso cheque.

La inmoral confusión entre Estado y partido que perpetró ARENA, especialmente durante su último periodo presidencial, pervirtió la carrera burocrática y puso a los empleados públicos a trabajar en función del partido, bajo las órdenes de ministros, asesores y el mismo presidente Saca. Las consecuencias fueron un retroceso en la institucionalidad democrática y el Estado puesto al servicio de los dirigentes partidarios, que aprovecharon su posición para regalar cheques oficiales a familiares y amigos en ministerios, dependencias, embajadas y consulados, mientras otras instituciones como la Policía Nacional Civil reclamaban dinero para adquisiciones esenciales como equipos de radio o gasolina para sus vehículos.

Ahora, en plena crisis económica, ARENA comienza a posicionarse utilizando las mismas actitudes de las que antes acusó al FMLN: utilizando la Asamblea Legislativa para condicionar préstamos y amenazar con armar el caos si no le cumplen lo que pide, independientemente de la sensatez de estas solicitudes o la honestidad de sus defendidos.

La derecha salvadoreña necesita una urgente renovación. De ideas, de posiciones, de actitud, de manera de hacer las cosas. El Salvador necesita una derecha fuerte, pero sobre todo una oposición sana. Y esto comienza por limpiar su propia casa, por expulsar a las manzanas podridas y admitir abiertamente los errores cometidos. Si ARENA de verdad pretende renacer, y es urgente que lo haga, debe ser el primer interesado en perseguir castigos ejemplares para sus miembros que han infringido la ley o abusado del Estado. Solo esto les puede dar la autoridad moral suficiente para servir de verdadero contrapeso a las nuevas autoridades. Y cuando esto suceda, le habrán hecho un gran favor al país, y podremos seguir avanzando en democracia.

Los préstamos, por ejemplo, deberían ir condicionados por suficientes garantías del destino de esos fondos, y del análisis de su necesidad e idoneidad. Esto sería cumplir a cabalidad el rol de una oposición que evita abusos del partido de gobierno, y que vigila atento por el bienestar del país. Lo mismno con la elección de autoridades de Segundo grado como el fiscal, el procurador y los magistrados de la Corte de Cuentas.

Mientras tanto, el gobierno de Funes tiene la obligación de denunciar los abusos cometidos por los servidores públicos a los que está despidiendo, para que no queden dudas de que se trata de una limpieza del aparato estatal y no de una sustitución partidaria con los mismos fines.

El grito de guerra de Cristiani, amenazando con hacer arder Troya, lo debería dirigir al combate a la delincuencia y la pobreza. Estos son problemas urgentes cuyas consecuencias tienen relación directa con la vida y la muerte de los ciudadanos menos favorecidos, que son la mayoría. Las fuerzas políticas, y todos los poderes del Estado, tienen la obligación  de preocuparse por ellos y buscar soluciones inmediatas a nuestros problemas más graves. Lo demás es seguir defendiendo intereses sectoriales, y utilizar el poder político para distorsionar la realidad. Esto, sobre todo en épocas de crisis, también es un crimen.  

Fundasal presentan mapa de la precariedad en 32 ciudades de El Salvador

Fundasal presentan mapa de la precariedad en 32 ciudades de El Salvador

El estudio presentado este martes se llama “Escenarios de vida desde la exclusión urbana” y servirá como insumo para el mapa de pobreza urbana que está en elaboración. La investigación tomó en cuenta 32 ciudades de todo El Salvador.

Sergio Arauz / Foto: Mauro Arias.  EL FARO

Un estudio de la Fundación Salvadoreña de Desarrollo y Vivienda Mínima (Fundasal) identificó en 32 ciudades de El Salvador la existencia de 536 comunidades marginales, mil 809 mesones, 192 lotificaciones ilegales y 2 mil 564 asentamientos populares urbanos (APU), concepto que la investigación define como aglomeración de viviendas populares.

Los resultados preliminares de la investigación sirven de insumos para la elaboración del Mapa de Pobreza Urbana y Exclusión Social que usará el gobierno para definir sus políticas de cara al combate de la pobreza. “Servirá de un insumo clave, importante, para el tema de Comunidades Urbanas Solidarias”, dice el viceministo de vivienda, Edín Martínez, quien participó en la realización del estudio cuando todavía estaba a cargo de la institución que lo presentó. 

En número de habitantes, según estimaciones del estudio, 212 mil 308 personas viven en  comunidades marginales, que puede entenderse como un  grupo de viviendas con gran densidad  poblacional, localizadas en terrenos semicéntricos, de extensiones considerables, no siempre vinculados a la trama urbana en sus accesos.

El estudio incluyó las ciudades de las 14 cabeceras departamentales más otras 18 de las ciudades más pobladas de El Salvador.

El tipo y calidad de los servicios y de las edificaciones no es homogéneo y depende de la antigüedad del residente en el lugar. Las variaciones de construcción en cuanto a la combinación de los materiales con las que están construidas van desde techos de lámina metálica, paredes de ladrillo y paredes de bloque, hasta paredes de lámina y pisos de ladrillo o pisos de cemento.

El concepto APU, según Fundasal, puede entenderse como un sitio de habitación de personas de  escasos recursos económicos, localizado dentro de las ciudades, muchas veces autoconstruido, que presenta al menos una de tres características básicas: incertidumbre de la tenencia de los terrenos habitados por no tener registro de propiedad; edificaciones con materiales de construcción  precarios (desechos, reciclaje) o deteriorados y  limitaciones en cobertura o calidad de los servicios básicos (agua potable, energía eléctrica, drenajes de aguas negras y aguas lluvias) en accesibilidad y transitabilidad de las vías de circulación (pasajes y calles internas).

En las 32 ciudades urbanas tomadas en cuenta por el estudio, una cuarta parte de la población habita esas zonas precarias: 13 de cada 100 pobladores vive en un APU, nueve en comunidades marginales, tres en lotificaciones ilegales y una en un mesón.

Atentan contra un cuarto ambientalista en Cabañas

En 15 meses al menos cuatro activistas contra la minería en el departamento de Cabañas han sido víctimas de ataques con distinto tipo de armas. Una persona está muerta, otra herida, una amputada y otra -un sacerdote- fue amenazada con armas de fuego.

Rodrigo Baires Quezada. EL FARO

El intento de homicidio contra Ramiro Rivera el viernes 7 de agosto se convirtió en el último episodio de lo que el comité ambiental del departamento de Cabañas asegura se trata de una campaña para tratar de acallar a quienes desde hace años se han estado oponiendo a los proyectos de explotación minera en ese departamento del norte de El Salvador.

El comité ambiental habla de al menos ocho casos de amenazas o ataques desde 2007. Desde mayo del año pasado, sin embargo, hay constancia -y denuncias- de cuatro ataques contra personas vinculadas en la campaña contra la minería, que terminaron en muerte o en lesiones. Hasta hace dos meses se trataban de amenazas de muerte anónimas. Ahora, el comité denuncia hostigamientos y atentados contra sus miembros por oponerse al desarrollo de la minería metálica en el departamento.

El último hecho violento fue el ocurrido el viernes anterior, cuando según la Policía, Óscar Menjívar disparó ocho veces por la espalda contra su vecino Ramiro Rivera, en el cantón Trinidad, de Sensuntepeque. La víctima fue trasladada al hospital Rosales, en San Salvador, donde fue atendida de emergencia para salvarle la vida.

Ramiro Rivera es uno de los fundadores del comité ambiental en defensa del agua y la cultura de Cabañas, y su comunidad, una de las zonas en las que los habitantes no permitieron a la empresa Pacific Rim seguir con el proceso de exploración minera aun cuando contaban con los permisos del gobierno.

El acusado, Menjívar, es la misma persona acusada de agredir a otro líder ambientalista de la zona, José Santos Rodríguez, a quien le cortó tres dedos de su mano derecha con un corvo en una discusión el 9 de mayo de 2008. Entonces, el acusado fue absuelto por falta de pruebas. Este jueves, el caso de Ramiro Rivera pasó al Juzgado de Instrucción de Sensuntepeque, donde se acusa a Menjívar del cargo de homicidio agravado en grado de tentativa.

“Son los odios que genera la mina… el problema es la mina, el oro y toda la ambición que ha llevado a causar problemas sociales, culturales, ambientales y económicos en la población de la zona”, dice Francisco Pineda, coordinador del comité. “Y los hechos violentos que hemos estado viviendo son parte de una escalada de violencia que se ha desatado contra la gente que se opone a la minería en el departamento, especialmente, y en el país.”

Para Pineda, los actos de violencia contra ellos aumentaron a mediados de junio, tras el secuestro y posterior asesinato de Marcelo Rivera, director de la Casa de la Cultura de San Isidro y uno de los líderes ambientalistas del departamento. Sobre el caso, la Fiscalía sostiene que corresponde a uno más de violencia común relacionado con pandillas. Para el comité ambiental, no. “Creemos que todos los casos están relacionados. Tras el asesinato de Marcelo, las cosas empeoraron”, resumió Luis Marroquín, sacerdote de la zona y uno de líderes del movimiento antiminería metálica.

Para los miembros del comité, lo de Ramiro Rivera fue el último de una lista de atentados contra ellos. El coordinador del comité, Francisco Pineda, dice estar descubriendo que el asunto es más grave que como lo creían. “Somos ocho personas del comité las que hemos sido amenazadas de muerte… Al principio no pensábamos que las fueran a cumplir pero las cosas que se han estado dando en los últimos meses nos han puesto a pensar que estas amenazas son más serias de lo que creíamos”.

“El 24 de junio, Domingo Miranda, otro miembro del comité, se salvó por poco cuando le dispararon con una metralleta”, relató Pineda. En el lugar del atentado, la policía encontró 14 vainillas de fusil M-16. “De milagro se salvó que no lo hirieran porque se tiró al suelo a tiempo.”
 
El mismo Marroquín sufrió un atentando a finales del mes pasado. El 27 de julio, a las 10 de la noche, el sacerdote fue interceptado por un grupo personas encapuchadas que se conducían en un pick up con vidrios polarizados. “Eran gente con armas largas, me detuvieron y me sacaron de mi camioneta; me dijeron que iban a matarme… logré escapar tirándome al monte, cuando ellos se descuidaron”, recordó. De ambos hechos se interpusieron denuncias ante la Fiscalía.

A ello se sumaron las amenazas contra el equipo de periodistas de Radio Victoria, una radiodifusora comunitaria de la zona que incorporó como parte de su línea editorial su oposición a la minería en Cabañas. “Nos han amenazado a todo el departamento de prensa. Tres de ellos no están laborando –se encuentran refugiados fuera de sus casas-; mientras, los que quedamos aquí, estamos haciendo lo que podemos para sacar adelante el noticiario”, dice Isabel Gámez, directora de prensa de la radio.

“Lo que podemos” incluye vigilancia permanente de parte de las comunidades a los reporteros que salen a coberturas en el departamento. En el caso de Gámez, tras una resolución de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH), es acompañada siempre por un agente de la división de Protección a Personalidades Importantes de la Policía. “El jueves 6 dije que ya no quería la protección… pero con lo de Ramiro Rivera, pues ahí la sigo teniendo mientras avanzan las investigaciones que está haciendo la Fiscalía”, dice.

 

HONDURAS: Detenciones en las fronteras llegan a más de 1.000

ADITAL. Traducción: Daniel Barrantes

Movimientos sociales y organizaciones hondureñas se dirigieron hoy (28) a la ciudad de El Paraíso -en la frontera con a Nicaragua- para verificar las denuncias de falta de respeto de los derechos humanos. Según la Misión Internacional de Solidaridad, Observación y Acompañamiento a Honduras, más de mil personas fueron detenidas por las fuerzas armadas del país en los caminos que llevan a la ciudad y les impiden recibir agua y comida.    

La Misión Internacional y el COFADEH (Comité de Familiares de Detenidos y Desaparecidos en Honduras) anunciaron la visita en la mañana de hoy, día en que el Golpe de Estado que depuso y expulsó a Zelaya del país cumple un mes.

En El Paraíso, las fuerzas armadas hondureñas están reprimiendo duramente a los manifestantes contrarios del gobierno provisorio de Roberto Micheletti. Los militantes están en el municipio desde que el Presidente depuesto, Manuel Zelaya, intentó ingresar en el país por ahí, el último viernes (24).

En la tarde de hoy, el CIPRODEH (Centro de Investigación y Promoción de los Derechos Humanos) comunicó que las 76 personas detenidas en el municipio de Alauca fueron enviadas a Tegucigalpa, capital del país. Otros manifestantes que se dirigían a la frontera fueron detenidos en la ciudad de Ojo de Agua y enviados por la fuerza hacia la capital.  

De acuerdo con el Frente Nacional Contra el Golpe de Estado en Honduras, cientos de manifestantes fueron detenidos por el Ejército y la Policía Nacional, en varias carreteras que llevan a la frontera. Según la entidad, los militantes están pasando hambre, sed y frío, ya que fueron mantenidos en el camino, a cielo abierto. El bloqueo de los caminos y la detención de manifestantes son más intensos en las ciudades de Alauca y Arenales, a 10 kilómetros de la frontera. 

La Misión Internacional de Solidaridad, Observación y Acompañamiento a Honduras condenó el asesinato de Pedro Magdiel Martínez Salvador, 22, miembro de la Asociación Cristiana Juvenil. El viernes (24), el joven fue arrastrado por la policía y por el ejército, cuando se dirigía a El Paraíso. Su cuerpo fue encontrado el día siguiente con señales de tortura, en un terreno baldío.   

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) expresó su profunda preocupación por el intento del presidente provisorio de desmovilización de los militantes. La organización repudió los varios estados de emergencia ya utilizados por Micheletti en el intento por detener las protestas contra su gobierno.   

La CIDH resaltó el toque de queda impuesto por Micheletti desde el viernes, en la ciudad de El Paraíso. La medida no impidió la permanencia de los manifestantes en el lugar y, por eso, las fuerzas armadas están utilizando la fuerza.  

Ayer, una comisión de la ONU (Organización de las Naciones Unidas) llegó a El Paraíso para verificar las condiciones de los habitantes de la ciudad después del toque de queda. Uno de los integrantes informó que el organismo recibió denuncias de escasez de agua y alimentos en el lugar.

"Ahora sólo vinimos a ver y vamos a informar a las autoridades superiores básicamente esto. No tenemos ninguna misión de carácter político, ni nada de eso; es solamente ver cómo está la situación humanitaria en esa zona", explicó Renato Echeverría, representante de la misión, a TeleSur.

Más tarde, a un convoy de la Cruz Roja hondureña, cargado de comida y agua, le fue impedido ingresar en Honduras por la frontera con Nicaragua. La ayuda fue recolectada por la población y por organizaciones que integran el Frente Nacional.

Séptima muerte por H1N1 en El Salvador

La víctima falleció hace más de un mes, pero se confirmó hasta ahora su padecimiento debido a que en su momento no se le catalogó como caso sospechoso de la influenza y su análisis se postergó.

Gabriela Castellón. EL FARO

El Ministerio de Salud confirmó la tarde de este viernes que la muerte de una menor de cinco meses de edad ocurrida el pasado 21 de junio en Santa Ana, fue causada por complicaciones de la influenza A H1N1. En un primer momento se descartó la sospecha de ser un caso de dicha enfermedad, y por esa razón se retrasó el análisis de la muestra de sangre que se le había tomado a la niña.

La menor, procedente del municipio de Jujutla, en Ahuachapán, había consultado previamente en la Unidad de Salud de dicho lugar. Sin embargo, debido a la insuficiencia respiratoria que presentaba, fue atendida en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital San Juan de Dios de Santa Ana, donde falleció.

Con este fallecimiento, la cifra oficial de víctimas fatales llega a siete, casi todas ellas menores de edad.

El Salvador había registrado 469 casos confirmados de gripe H1N1, y se encuentra en alerta amarilla, lo que supone cierres de lugares de concentración en algunas zonas geográficas puntuales. Una alerta roja supondría la clausura por cierto número de días, en todo el país, de aquellos lugares donde las personas se aglomeren, como iglesias, estadios o escuelas.